Como todos los días Paula apagó el despertador y se quedó diez minutos más en su cama, está acostumbrada a hacerlo, odia tener que levantarse sin poder descansar un ratito más entre las sábanas. Se levantó y se preparó el café, lo tomó de pie como de costumbre, con las prisas de siempre, eligiendo la ropa que se iba a poner y se metió en la ducha. No era un día frio, parecía que iba a hacer calor ese día así que solo cogió una chaqueta de verano. Salió de casa y muy apurada llegó a la parada del autobús. Esa noche había dormido bastante mal y estaba bastante cansada. En el autobús consiguió un asiento y se sentó en la ventanilla, sacó su libro y comenzó a leer. Paula recorre un trayecto de veinte minutos todas las mañanas para llegar a su trabajo. Sin darse cuenta esa mañana se quedó dormida, apoyó la cabeza casi inconscientemente sobre el cristal y se sumió en un profundo sueño.
Cuando se despertó estaba completamente desconcertada, se empezó a poner nerviosa, no sabía dónde estaba, a su lado había un hombre uniformado. Se imaginó que sería el conductor del autobús y así era. Éste le dijo que estaban en la estación que debía bajar, que ya había acabado el recorrido y que su turno había acabado, el autobús tenía que pasar una revisión y debía coger otro. Paula no supo qué hacer y aun entre su sueño y la realidad se bajó del autobús y empezó a analizar la situación. Llamó a su trabajo y avisó que llegaría tarde, no contó lo que le había sucedido, le parecía totalmente vergonzoso. Paula preguntó a una mujer en la estación como podía regresar al centro de la ciudad y ella le dijo que no había manera, que allí sólo reparaban los autobuses que podría llamar a un taxi o a algún conocido. Paula no tenía dinero y le suplico a la mujer que le diera una solución. Finalmente la mujer le dijo que a un par de kilómetros había una de cercanías.
Paula desesperada comenzó a andar siguiendo las indicaciones de la señora. Caminaba por el arcén de la carretera, era completamente subreal, pensaba que debería estar en su mesa de trabajo siendo explotada como a diario y se dio cuenta de que nunca había echado tanto de menos ese maldito despacho en el que llevaba trabajando un par de años. Maldijo el momento en que se quedó dormida, nunca le había pasado. Los coches le pitaban cuando pasaban a su lado, Paula les ponía cara de malos amigos. Cuando llevaba un rato andando un coche frenó a su lado y le ofreció acercarla, ella dudó. Era un hombre de unos treinta años, la verdad es que tenía un aspecto serio, iba vestido con traje y corbata y en el asiento del copiloto llevaba un maletín. Ella se negó en un primer momento pero el hombre insistió, le dijo que tendría que andar mucho, Paula no sabía qué hacer le dijo que ya le quedaba poco para llegar a la parada de autobús pero el hombre le dijo que eso era incierto que esa parada de autobús no funcionaba desde hacía unos meses. Al final cedió se subió al coche, estaba asustada y sujetaba con fuerza su móvil sin que él lo viera. Pasado un rato en el coche la fuerza con que Paula agarraba el aparato se fue disipando, su miedo estaba desapareciendo, estaba cogiendo confianza y ya no se arrepentía tanto de haber subido a ese coche. Y se repetía una y otra vez que no todo el mundo tenía malas intenciones, ella nunca haría nada malo. Ella misma había recogido a un autoestopista hacia unos años a lo que siguieron las represalias de sus padres y de sus amigos, pero la verdad es que no había sucedido nada.
Paula le preguntó si faltaba mucho, le explicó que llagaba tarde a trabajar y realmente no veía que estuvieran entrando en la ciudad. Él le dijo que iba por un atajo y que pronto llegarían. Hablaron durante un buen rato pero llegado un momento se hizo el silencio, Paula comenzó a sentirse incómoda de nuevo y decidió que lo mejor sería llamar por teléfono a sus compañeros y se lo dijo al hombre. Éste insistió en que no hacía falta, ya estaban llegando a la ciudad y que pronto estaría en su oficina. Ella quiso hacerlo de todos modos pero cuando fue a marcar el frenó de golpe el coche. A Paula se le cayó el móvil al suelo, lo intentó recuperar desesperada pero se había metido debajo de su asiento y no lograba alcanzarlo. Intentó salir del coche pero el hombre había cerrado los pestillos. Paula le preguntó que sucedía, él le dijo que era su día de suerte, que por fin iba a ser feliz. Paula se dio cuenta en ese mismo instante de que había cometido la mayor tontería de su vida, comenzó a llorar desesperada, y empezó a pegar al hombre. Él le dio un puñetazo y la dejó inconsciente.
Paula se despertó, no sabía cuánto tiempo había pasado, ni dónde estaba ni como había llegado allí. Las imágenes le venían como flashes, recordó al hombre y todo lo que había sucedido. Comenzó a llorar de nuevo. Paula miró a su alrededor, estaba en un cuarto pequeño, bastante oscuro con una cama no muy grande, un espejo y un lavabo, había una puerta. Por debajo de la rendija de la puerta pasaba la luz, y había ruidos en el exterior, exactamente dos voces, una de una mujer y otra de un hombre. Paula se acercó a la puerta y apoyó su oreja sobre la madera, intentó escuchar la conversación pero fue inútil. Le dolía a horrores el golpe de la cara y sus manos no paraban de temblar. No tenía ni su móvil ni sus cosas. Pasado un rato decidió acercarse de nuevo a la puerta e intentó abrirla, sorprendentemente la puerta estaba abierta.
Era una casa grande, Paula salió a un pasillo largo, se asomó a varias habitaciones, estaban vacías. Al final del pasillo se escuchaba un ruido, había dos puertas una a la derecha y una a la izquierda. A la derecha parecía estar la cocina pero el ruido venía de la izquierda. Cuando se asomó vio aun mujer en una mecedora. Estaba cosiendo, tenía puesta la tele sin volumen. En cuanto Paula se asomó silenciosamente la mujer paró de balancearse y dejó la bufanda que estaba tejiendo sobre una mesa camilla.
- Hola Paula- dijo la señora- por fin nos conocemos.
Paula sacó la cabeza del marco de la puerta e intentó asimilar lo que estaba pasando.
- Paula no te asustes, ven a sentarte aquí conmigo.
Paula respiró profundamente y entró en la salita. Había un sofá enfrente de la mecedora, así que se sentó allí en frente de aquella mujer a lo que no había visto en su vida y que conocía su nombre. Era una mujer mayor, tendría unos setenta años, no parecía una mujer descuidada, sino todo lo contrario, se mantenía bastante bien.
- ¿Quién es usted?- Preguntó Paula con la voz temblorosa.
- ¿Por qué tienes tanto miedo muchacha? No es para tanto.
- Lo siento señora no entiendo nada…yo sólo iba a trabajar y…
- Ya era hora de que te dignaras a venir, mira que le he dicho a mí hijo que quería conocerte y siempre se resistió a presentarnos. Menos mal que le di un ultimátum, o venías o me iba yo. No puede vivir sin mí, y yo algún día me moriré así que tendré que prepararte para que le cuides, él no sabe cuidarse sólo…pero eso ya lo sabrás.
- Mire señora yo no sé nada. Yo sólo quiero irme a mi casa. ¿Puedo hacer una llamada?
- Aquí no tenemos teléfono, no nos gustan esas cosas, aquí vivimos como se debe señorita.
- Por favor señora, ¿cómo puedo llegar a la ciudad?
- ¿A qué ciudad?
- Señora no me tome el pelo.
Paula empieza llorar y se levanta del sofá. La señora la mira de arriba a abajo. Paula se acerca a la puerta de salida de la casa e intenta abrir. Desde la salita la mujer le grita algo pero Paula no logra escucharla. La puerta está cerrada con llave. Cuando Paula se da la vuelta la señora está justo detrás de ella.
- Que te he dicho que hasta que el vuelva no podemos salir, así funcionan aquí las cosas, he criado a un niño muy inseguro.
Ambas vuelven a la salita. Paula resignada se vuelve a sentar en el sofá.
- Bueno, y qué tal tu madre, ¿ya está mejor?
- ¿Perdone?
- Sí, su madre, no estaba enferma.
- Mi madre está perfectamente señora.
- ¿Por qué me habrá mentido este muchacho?
- Señora, yo no conozco de nada a su hijo, él simplemente…
- No seas vergonzosa muchacha ya sé que tenéis una relación.
- Señora se equivoca.
En ese instante un coche se acerca a la casa.
- Mira muchacha ahí llega tu futuro esposo, que contenta estoy, espero que me deis un nieto lo antes posible a mí ya me queda poco y no tengo más hijos.
- Señora tiene que ayudarme.
- ¿De qué me estás hablando pequeña?
- Que yo…
En ese momento el hombre entra en la casa y seguido en la salita.
- Veo que ya os habéis conocido, a que es preciosa mamá.
- Sí, seguro que tendréis unos hijos muy guapos.
Paula está atónita, no da crédito a lo que ve y escucha. El hombre se sienta a su lado y le pone la mano encima de la pierna, Paula intenta sacársela pero es incapaz, está ejerciendo demasiada fuerza.
- Madre esta noche haremos una gran cena, vamos a celebrar que vamos a tener un hijo.
- ¿De verdad? – La mujer se emociona y se levanta lentamente, le da un beso a su hijo y otro a Paula.
- Perdonad ¿puedo ir al servicio? no me encuentro demasiado bien.
- Yo te acompaño cariño.- le dice el hombre. -Madre le he dejado la compra en la cocina, será una cena especial.
Paula y el hombre se levantan, la acompaña al servicio, no hay pestillo en la puerta y él se queda en la puerta vigilando. Paula comienza a llorar desesperada e intenta abrir una pequeña ventana que hay en un alto del servicio pero el hombre entra de inmediato.
- Paula, ¿Qué haces? ¿No querrás irte ahora que vamos a ser una familia?
- Mire no sé de que está hablando, yo no le conozco de nada y mucho menos estoy embarazada usted.
- Eso por ahora. No voy a decepcionar a mi madre, es su sueño y le queda poco tiempo.
- Por favor, se lo suplico, déjeme marchar y no contaré nada de esto.
- De qué hablas Paula. Estamos hechos el uno para el otro seremos una gran familia.
Paula se cae al suelo y se agarra a sus rodillas lo más fuerte que puede, mete la cabeza entre sus piernas y comienza a balancearse. De repente una mano toca su hombro.
- Muchacha despierta, te has quedado dormida. Creo que te has saltado tu parada de autobús.
Paula levanta la cabeza, está completamente acurrucada en el asiento del autobús, tiene la cara empapada de lágrimas y el hombre de traje está a su lado.
- ¿Estás bien?- Le pregunta el hombre.
- ¿Dónde estamos?- pregunta Paula desconcertada.
- En Goya pero creo que normalmente te bajas antes. Siempre cogemos el mismo autobús.
- No me había fijado.
- Una señora intentó despertarte pero fue incapaz.
- Muchas gracias de verdad.
Paula se incorporó y se bajó en la siguiente parada apresurada. El hombre la miró.
- Hasta mañana Paula.
Paula jamás volvió a coger el autobús. Sabía que todo había sido un sueño pero estaba demasiado asustada y había más maneras de llegar a su trabajo.