Publicado en Uncategorized el Febrero 6, 2010 por delgadalinea

El tiempo ralentiza el corazón,

sin ruido durante las horas

cada minuto una eternidad

como si el tiempo tuviera

malas intenciones.

Los años pasados se hacen nítidos

pero el presente araña mis labios,

no podré limitar mis latidos.

Dejaré que me empujes al vacío

cuando no mire,

podrás parar el tiempo robándome

el aliento y las palabras.

Es un  juego de niños heridos

de bala y desilusiones.

Publicado en Uncategorized el Febrero 1, 2010 por delgadalinea

Quién me iba a decir a mí que fuiste tú

el que se alejó de aquí, si la que se marchó fui yo

y el que quisiste  permanecer inmóvil fuiste tú.

Sería tu mirar y no ver,

tu acariciar y no dejarte sentir,

tus pasos sin huellas, tus palabras vacías

tu respiración gélida.

Fue esa tu forma de marcharte,

la razón por la que yo me alejé de aquí.

Nunca sabré si has vuelto a moverte,

si has recuperado el aliento.

Y yo que me fui  y me alejé de ti,

allí  te dejé, paralizado e inmóvil,

no sé si fui egoísta o simplemente cobarde.

Ahora la inerte soy yo, aquí, ahora

sin rumbo, sin huella, sin ti.

Se busca

Publicado en Uncategorized el Enero 29, 2010 por delgadalinea

Uxía bajaba por la calle apresurada, con las bolsas del supermercado. Debían ser ya las tres y media de la tarde, la mañana le había pasado demasiado rápido. Ni si quiera se había dado cuenta que había comenzado a nevar. Ya lo habían avisado el día anterior por la televisión, pero últimamente Uxía tenía la cabeza en otras cosas y hace poco caso de lo que dicen por la tele o en la prensa.

Al llegar a un paso de peatones, frenó en seco. Un coche venía a gran velocidad, Uxía le grito semi ahogada por el cansancio. La persona que conducía parecía que había perdido el control. Cuando el coche pasó, Uxía se quedó paralizada, siguió al coche con su mirada y vio como al final de la calle se chocaba contra unos coches que estaban aparcados.

Tiró las bolsas al suelo y comenzó a correr hacia el coche. Era un hombre mayor, estaba inconsciente, con la cabeza apoyada en el volante mirando hacia la ventanilla. Uxía temió por su vida, pero pudo ver en su cuello como aun bombeaba fuertemente su sangre, era casi como una melodía, a un ritmo incansable y constante que apaciguó los nervios de Uxía. Intentó abrir la puerta del coche, pero fue incapaz, la gente empezaba a rodear el accidente y entre  susurros y miradas Uxía gritó.

- Que alguien llame a una ambulancia.

Empezó a golpear suavemente la ventanilla, cuando se fijó en el asiento del copiloto. Había un periódico abierto desdoblado. Se cambió de lado del coche y comenzó a leer la página. Vio una noticia, la repasó en su mente pero no encontró nada que le recordara tal suceso. Quizás no tenía nada que ver con el accidente pero no estaba muy segura.

A los pocos minutos llegó la policía y la ambulancia, sacaron al hombre del coche y lo tumbaron en una camilla, tras haberle puesto un collarín. Uxía se acercó a uno de los agentes,

- Perdone, ¿a dónde lo llevan?

- ¿Es usted familiar señorita?- Le respondió el hombre mirándola con superioridad.

Uxía no supo que contestar, así que se dio media vuelta y se fue alejando poco a poco. Llego al paso de peatones, donde sorprendentemente sus bolsas seguían allí. Las recogió del suelo y siguió caminando, parecía que ya no tenía prisa, sus pasos eran lentos y meditados, como si estuviera concentrada en no tropezar. Al fin, llegó a su casa. Se sentó en el sofá se encendió un cigarrillo, sus manos estaban temblorosas. Fue incapaz de estar sentada más de diez segundos seguidos. Encendió la televisión y vio las noticias con suma atención. Por unos instantes se sintió fatal y culpable de su curiosidad, víctima del morbo y de una sociedad sucia y egoísta. No conocía de nada a aquel hombre, pero en algún aspecto le recordaba a alguien cercano, quizás a su padre.

Al día siguiente, se despertó sudorosa, sabía a ciencia cierta que había tenido una pesadilla, pero no recordaba absolutamente nada. Se fue directa a la ducha, se preparó un café y se sentó en la mesa de la cocina. El teléfono empezó a sonar una y otra vez, le costó esfuerzo levantarse, pero al final lo hizo. ¿Hola?

- Uxía, ¿Estás bien? Te noto una voz distinta.

- Sí papá estoy perfectamente. Bueno no…

- ¿No qué?

- Nada, es igual, algo que me pasó ayer, pero no tiene importancia. ¿Por qué me llamas a estas horas? Es muy temprano…

- Sólo era por…es que…te lo diré claramente…soñé que tenías un accidente y no sé, me levanté intranquilo.

- Pues ya ves que estoy bien. Gracias papá

Colgó el teléfono y se vistió para salir a la calle. Volvió a pasar por mismo lugar del accidente del día anterior, aun quedaban huellas de lo sucedido, cristales, un retrovisor pero ninguna marca de frenado. Uxía había cambiado su trayectoria para pasar por allí, lo había hecho casi inconscientemente. Cuando se dio cuenta de que estaba parada y que la gente que pasaba a su lado la miraba raro empezó a caminar rápido, sin mirar atrás, ni siquiera recordaba a dónde se dirigía, estaba aturdida, asustada no lo tenía demasiado claro.

Al llegar al trabajo después de haber dado un enorme rodeo, se puso a buscar en internet si encontraba algo de aquel hombre o de la noticia que había visto en el periódico. Uxía es de las típicas personas que aun se sigue negando a tener internet en casa, a llevar móvil y, según ella, a estar en continua vigilancia. Encontró un artículo relacionado con la noticia, lo imprimió y se lo llevó a su mesa de trabajo.

Uxía bajaba por la calle apresurada, con las bolsas del supermercado. Debían ser ya las tres y media de la tarde, la mañana le había pasado demasiado rápido. Ni si quiera se había dado cuenta que había comenzado a nevar. Ya lo habían avisado el día anterior por la televisión, pero últimamente Uxía tenía la cabeza en otras cosas y hace poco caso de lo que dicen por la tele o en la prensa.

Al llegar a un paso de peatones, frenó en seco. Un coche venía a gran velocidad, Uxía le grito semi ahogada por el cansancio. La persona que conducía parecía que había perdido el control. Cuando el coche pasó, Uxía se quedó paralizada, siguió al coche con su mirada y vio como al final de la calle se chocaba contra unos coches que estaban aparcados.

Tiró las bolsas al suelo y comenzó a correr hacia el coche. Era un hombre mayor, estaba inconsciente, con la cabeza apoyada en el volante mirando hacia la ventanilla. Uxía temió por su vida, pero pudo ver en su cuello como aun bombeaba fuertemente su sangre, era casi como una melodía, a un ritmo incansable y constante que apaciguó los nervios de Uxía. Intentó abrir la puerta del coche, pero fue incapaz, la gente empezaba a rodear el accidente y entre  susurros y miradas Uxía gritó.

- Que alguien llame a una ambulancia.

Empezó a golpear suavemente la ventanilla, cuando se fijó en el asiento del copiloto. Había un periódico abierto desdoblado. Se cambió de lado del coche y comenzó a leer la página. Vio una noticia, la repasó en su mente pero no encontró nada que le recordara tal suceso. Quizás no tenía nada que ver con el accidente pero no estaba muy segura.

A los pocos minutos llegó la policía y la ambulancia, sacaron al hombre del coche y lo tumbaron en una camilla, tras haberle puesto un collarín. Uxía se acercó a uno de los agentes,

- Perdone, ¿a dónde lo llevan?

- ¿Es usted familiar señorita?- Le respondió el hombre mirándola con superioridad.

Uxía no supo que contestar, así que se dio media vuelta y se fue alejando poco a poco. Llego al paso de peatones, donde sorprendentemente sus bolsas seguían allí. Las recogió del suelo y siguió caminando, parecía que ya no tenía prisa, sus pasos eran lentos y meditados, como si estuviera concentrada en no tropezar. Al fin, llegó a su casa. Se sentó en el sofá se encendió un cigarrillo, sus manos estaban temblorosas. Fue incapaz de estar sentada más de diez segundos seguidos. Encendió la televisión y vio las noticias con suma atención. Por unos instantes se sintió fatal y culpable de su curiosidad, víctima del morbo y de una sociedad sucia y egoísta. No conocía de nada a aquel hombre, pero en algún aspecto le recordaba a alguien cercano, quizás a su padre.

Al día siguiente, se despertó sudorosa, sabía a ciencia cierta que había tenido una pesadilla, pero no recordaba absolutamente nada. Se fue directa a la ducha, se preparó un café y se sentó en la mesa de la cocina. El teléfono empezó a sonar una y otra vez, le costó esfuerzo levantarse, pero al final lo hizo. ¿Hola?

- Uxía, ¿Estás bien? Te noto una voz distinta.

- Sí papá estoy perfectamente. Bueno no…

- ¿No qué?

- Nada, es igual, algo que me pasó ayer, pero no tiene importancia. ¿Por qué me llamas a estas horas? Es muy temprano…

- Sólo era por…es que…te lo diré claramente…soñé que tenías un accidente y no sé, me levanté intranquilo.

- Pues ya ves que estoy bien. Gracias papá

Colgó el teléfono y se vistió para salir a la calle. Volvió a pasar por mismo lugar del accidente del día anterior, aun quedaban huellas de lo sucedido, cristales, un retrovisor pero ninguna marca de frenado. Uxía había cambiado su trayectoria para pasar por allí, lo había hecho casi inconscientemente. Cuando se dio cuenta de que estaba parada y que la gente que pasaba a su lado la miraba raro empezó a caminar rápido, sin mirar atrás, ni siquiera recordaba a dónde se dirigía, estaba aturdida, asustada no lo tenía demasiado claro.

Al llegar al trabajo después de haber dado un enorme rodeo, se puso a buscar en internet si encontraba algo de aquel hombre o de la noticia que había visto en el periódico. Uxía es de las típicas personas que aun se sigue negando a tener internet en casa, a llevar móvil y, según ella, a estar en continua vigilancia. Encontró un artículo relacionado con la noticia, lo imprimió y se lo llevó a su mesa de trabajo.

Madrid, París

Publicado en Uncategorized el Enero 17, 2010 por delgadalinea

Inés viajaba a Paris y él volvía a casa después de unos días en España. No se conocían de nada, pero eso no se apreciaba en el cruce de sus miradas, parecía que se conocían desde hace años. Había distancia entre ellos y no se cruzaron palabras pero la complicidad rompía el aire.

En el aeropuerto sucedió todo. Él llevaba una sudadera a rallas, era alto y rubio, viajaba con otro chico que Inés apenas recuerda. Desde el primer momento algo les llamó la atención a los dos. No podían parar de mirarse.

Inés era bastante vergonzosa e intentaba observarle sin ser vista, cuando el alzaba la vista ella miraba al suelo y se sonrojaba. Ahora lo recuerda con recelo y curiosidad. Recuerda absolutamente todo después de tres años. Dónde estaban sentados, todos  y cada uno de sus movimientos, los asientos del avión, su ropa y sobre todo su forma de mirarla.

Cuando subieron al avión Inés fantaseó y en un impulso de valentía cogió un pequeño papel de su libreta y escribió su dirección de email, tenía que dársela, pero cada vez que tenía una oportunidad sus músculos se paralizaban. Estaban sentados en la misma hilera de asientos del avión pero no juntos. Ella estaba pegada a la ventanilla y él a la ventanilla del otro lado del avión. Aun así sus miradas seguían cruzándose y parecían decir millones de cosas. Él nunca sospechó lo que iba a suceder, pero tiempo más tarde se convirtió en algo necesario para ambos.

Cuando llegaron a Paris, Inés estaba nerviosa, ya había dado por perdido todo su esfuerzo, todo el mal rato que había pasado haciendo intentos para levantarse y acercarse a él, lo había construido en su cabeza una y otra vez pero había sido incapaz de hacerlo, sólo se había convertido en una simple fantasía. Seguía teniendo el papel en el bolsillo del pantalón pero era demasiado cobarde y lo que parecería haber sido un golpe del destino iba a esfumarse.

Mientras recogían las maletas Inés pensó que todas sus oportunidades se habían esfumado, pero cuando se giró allí estaba, apoyado contra la pared y sólo. No se lo pensó un instante, sus piernas lo pensaron por ella, fue hasta él, se sacó el papel del bolsillo y se lo dio. No dijo nada, solo sonrió y volvió a recoger su maleta. Una sensación de alivio y satisfacción recorrió su cuerpo. Ella había hecho todo lo que estaba en su mano, ahora todo dependía de él.

En París una amiga le esperaba, le contó todo lo que había pasado y al escuchar la historia contada con sus propias palabras le pareció a la vez bonita y ridícula, pensó que todo lo que había hecho no serviría de nada.

Al día siguiente Inés recibió un email, era él. Inés no se lo podía creer, recuerda aquel día como si lo estuviera viviendo ahora mismo, sería una historia de amor, una historia de amistad, a dónde le llevaría aquello.

Con el tiempo Inés descubrió el significado de todo aquel suceso y se agradeció a si misma una y mil veces haber escrito aquel papel. Quizás no resulto una historia de amor,  pero si descubrieron que en el mundo es posible encontrar a una persona tan parecida a uno mismo que a veces les llegaba a asustar.

La historia no acababa ahí sino no era el principio de algo que aun ambos siguen escribiendo. Se convirtieron en confidentes, Inés era para él y él para ella esa persona que siempre está ahí cuando la necesitas aunque estaban separados en la distancia no lo estaban en su pensamiento. Ambos sabían que algún llegaría el momento de volver a verse y por fin escuchar sus voces, conocían mucho, demasiado uno del otro pero jamás habían escuchado salir una palabra salir de sus bocas.

Hace dos años decidieron obedecer a sus deseos y conocerse personalmente, ignorando las recomendaciones y miedos de sus conocidos porque a ojos de los demás ellos eran completamente unos desconocidos. Planearon un viaje durante días, se barajaron diferentes lugares pero finalmente el destino les llevó a una preciosa ciudad. Diez días inolvidables de secretos y lamentaciones, diez días casi inexplicables y tristes al llegar su fin.

Tètè-a-tètè

Publicado en Uncategorized el Diciembre 8, 2009 por delgadalinea

Durante mucho tiempo sus miradas se cruzaban a través de un espejo. Se veían, se hablaban, se amaban a través de un simple reflejo. Sus rostros, a veces iluminados por la luz del día intercambiaban sonrisas y desengaños. La oscuridad era diferente casi eran imperceptibles sus gestos, los movimientos de sus labios, las palabras mudas, eran casi siempre indescifrables pero para ellos demasiado misteriosas. Eso sólo pasaba en los meses de invierno, cuando la noche llegaba a tempranas horas horas de la tarde. No compartían demasiado tiempo juntos, pero ya se conocían desde hace tiempo.

Solamente una vez se dirigieron la palabra, la primera vez que se vieron, la primera vez que sus miradas se cruzaron, el día en que ambos se dieron cuenta que algo empezaba en aquel mismo instante. Las veces sucesivas de sus diarios encuentros ella no decía nada, se limitaba a entrar y escapar de una mirada directa. Sólo se sentía segura a través del reflejo, el espejo era para ella como un escudo, allí era capaz de reflejar todos sus sentimientos, sin temor a ser juzgada, sin temor a las palabras, pues el espacio que les separaba impedía por completo un contacto verbal.

El doce de enero de 1978 ella salió de casa como todos los días, estaba especialmente guapa ese día e inmensamente feliz. Uno de esos días que te levantas extremadamente animada, con ganas de vivir, con ganas de comerte el mundo. Estaba decidida a poner palabras a aquel reflejo. Cuando llegó, él no estaba, había otro hombre, un señor mayor. Toda su autoestima se vio lastimada, hundida, defraudada, lo vio como una señal de fracaso, como un aviso de que aquello era un tremendo error. Esa misma noche no pudo conciliar el sueño, lo único que deseaba es que llegara el día siguiente, comprobar que él estaría de nuevo tras aquel pequeño espejo.

A la mañana siguiente decidió no ir a trabajar, tomarse el día libre. Se paso la mañana en la cama hasta que su alguien llamó a su puerta. Estaba desaliñada, en pijama y deprimida. Miró por la mirilla y vio a un hombre, era el cartero, abrió la puerta y recogió un paquete certificado a su nombre. No esperaba nada, estaba sorprendida, se preparó un café y se sentó en la mesa de la cocina. Miró detenidamente el paquete, no era muy grande, tampoco pesaba mucho y el remitente era un tal Miguel Rodríguez, no conocía a nadie con ese nombre. Abrió cuidadosamente el paquete y descubrió que en su interior había un pequeño espejo, muy simple rectangular, se miró en él y vio su rostro. Estaba espantosa o así se definiría ella, los ojos hinchados, ojeras, pero al pasar unos segundos mirando descubrió una ligera sonrisa en su reflejo. Había un pequeño sobre pegado en la parte posterior del espejo, lo cogió y lo abrió con cautela. Todo aquello lo estaba viviendo como a cámara lenta, como si fuera un sueño. Sacó el papel que había en su interior y lo desdobló.

“Hola Belén, ha pasado demasiado tiempo desde que nos vimos por primera vez. Y nunca me he atrevido a dirigirte la palabra, soy un cobarde y un imbecil por no haberlo hecho, espero que jamás lo reproches. El tiempo ya me ha dado mi castigo. No he sabido apreciar los minutos y los segundos que pasabas en mi autobús, tantos trayectos, tantos momentos de indecisión y vergüenza me han pasado factura. Lo siento, me he ido y no volveré jamás, ojala pudiera explicarte las razones pero ni yo soy capaz de entender lo que ha sucedido. Se feliz Belén.”

Belén salió de casa apresurada y fue a su parada de autobús, subió al número 21, el que siempre conducía Miguel. Se quedó al lado del conductor mirándole.

- Debería sentarse señorita.

- Prefiero quedarme aquí.

- ¿Por qué no deja de mirarme?

- ¿Conocía usted a Miguel?

- Sí, ¿por qué?

- ¿Dónde está?

- No se ha enterado.

- No, yo no se nada.

- Ha tenido un accidente hace un par de semanas.

- ¿Esta bien?

- Creo que no señorita, me han dicho que ya no puede caminar.

- ¿Y dónde está?

- Eso ya no lo sé, sólo éramos compañeros de trabajo, no hablaba mucho.

- Necesito encontrarle.

- No puedo ayudarla.

Belén se bajó en la siguiente parada y se recorrió todos los hospitales de la ciudad. Su desesperación la estaba poniendo cada vez más nerviosa. Por fin lo encontró. Estaba en la habitación 115, subió corriendo las escaleras, exhausta se vio paralizada ante la puerta con la mano alzada a punto de llamar, pero algo la retuvo. No sabría qué decirle, cómo mirarle. Sacó el pequeño espejo del bolso y llamó. Desde dentro alguien la invitó a entrar…

Miss you

Publicado en Uncategorized el Diciembre 3, 2009 por delgadalinea

Know you has been one of the best things that happened in my life. You are special, the perfect friend, my soul mate so far to me than the possibility than we had to know each other. How many times I need you and you where there always. Since the trip I did to Lille and thanks the causality and an impulsive act life join us. Since this day three years ago we haven’t stop talking, we speak about everything, you understand me, probably the only one that could do it. The trip to Barcelona was other of my happiest moment in my life, it was like a dream, like those thing that you only think could happened in the films, with a sad end, that’s true. The goodbye moment was hard for me, and probably for both. The days after were marked for music and tears, for long walks around Barcelona streets where we were, but then I was alone just thinking about you, about how we understand each other. My memories of when you phoned me because you already be in the bus station and I had to pick you. I remembered when I went there and you were in the firs floor and I was down, I just saw your legs, I really don’t know why I recognized you. The beach, the fleeting moments in the tend listening music and drinking wine, when you went to swimming with your mp3, when we were in the bus searching the camping, the subway, the nights with our friends, when we came back home a little bit drunk. And then the worst moment, the airport… You are my best friend I don’t want to lose you ever. I love you.

Publicado en Uncategorized el Noviembre 22, 2009 por delgadalinea

A ciegas me señalas el camino

intentas que regrese

pero mis pies están prisioneros

mi corazón se ha parado en un instante.

Segundos de sufrimiento y olvido

de bonitos momentos y de agonía

vuelve, me gritas a lo lejos

pero ya no se ni si te escucho.

Las palabras se las lleva el viento

no quedarán entre mis recuerdos

mi corazón se ha parado

mi respiración se acelera

al borde del precipicio.

No lo hagas me gritas a lo lejos

pero tus palabras son mudas

y tu rostro invisible

me he perdido entre las lágrimas.

Corres hacia mi cuerpo inerte

que se desploma hacia el vacío

peso de pluma y suspiros

mi corazón se ha parado.

No lo hagas me gritas a lo lejos.

Ya vuelo, caigo, me deshago

mi corazón me abandona

los recuerdos se despiden

y ahora te escucho más cerca

siempre te quise me gritas,

ahora es demasiado tarde pienso.

Al fondo

Publicado en Uncategorized el Noviembre 13, 2009 por delgadalinea

Al fondo de la barra del bar, allí estaba. La mirada perdida, una expresión de incertidumbre y tristeza se reflejaban en su rostro. Parecía que pudiera reflejarse en el la superficie de su copa, no paraba de mirar hacia ella como si le estuviera desvelando algún oscuro secreto. No sé si estaba sólo, si esperaba a alguien o si lo habían abandonado en medio de aquella noche. Yo acababa de llegar, no era un gran día para mí, acababan de despedirme, no era el trabajo de mi vida, pero tampoco podía permitirme el lujo de estar parada.

Nada más entrar en el bar lo vi a él, me llamó la atención su soledad, o quizás su agonía, necesitaba descubrir qué era lo que compartía con aquel vaso. Se lo bebió en seguida, de un trago a penas, me sorprendió, algo malo debía estar pasando por su cabeza.

Yo estaba con mis amigas, habían decido convencerme para salir y que no me hundiera sola en casa. Hacia bastante tiempo que las cosas no me iban muy bien, y hoy lo que me faltaba, había perdido una de las últimas cosas que tenía. Pero por lo menos tenía unas amigas, buenas, muy buenas, todo hay que decirlo. La noche había empezado con buen pie pero ese chico me hizo recordar lo triste que puede llegar a resultar una vida. Pensé en acercarme y hablarle, pero no tenía las agallas y tampoco las palabras adecuadas. Y por supuesto el miedo, un temor absurdo y absoluto a dañarle a arañar sus cicatrices. Probablemente sólo quería estar solo con sus pensamientos y con su copa, con su copa y sus sentimientos.

Hay una frase que me suelo repetir en los malos momentos, en los más oscuros, solo para intentar animarme, nunca supe si servía de algo o si simplemente era una manera más de engañarme a mi misma, me la repito una y otra vez cada vez que se me cae el mundo encima.

Mis amigas conocieron a unos chicos en el bar y estaban hablando con ellos, yo agarré mi copa con fuerza y fui impulsivamente hacia aquel chico, cómo lo hice no lo sé, pero ahí estaba de repente a su lado mirando mi reflejo en alcohol a su lado. Él ni siquiera levantó la mirada, puede que no me viera. Su segunda copa estaba vacía y en la mía a penas quedaba nada. El chico hizo una seña a la camarera, ella se acercó, el simplemente y con una vez muy tenue dijo:

- Lo mismo, por favor.

La camarera se dio media vuelta. El chico me miró y volvió a mirar a la camarera.

- Espera, y para ella lo que estaba tomando.

Yo simplemente sonreí, dónde estaban mis palabras, mi voz se había quedado en algún sitio entre la puerta y el camino hasta él. Desde que lo había visto a penas había podido pronunciar más que monosílabos a mis amigas, mi cabeza estaba tan saturada de pensamientos, de sentimientos, de recuerdos y de suposiciones que era imposible abrir mi boca. La camarera nos sirvió las copas y le cobró a él. No puede ni decir que no se preocupara que ya pagaba yo, ni si quiera eso. Bebí unos tragos, él comenzó a mirar la copa de nuevo, yo repetía en mi cabeza que me tenía que tranquilizar, que debía de parar aquel fluir de pensamientos y tranquilizar a mi imaginación como fuera. Por fin lo conseguí, volvía a tener el control sobre mi misma. Fue una sensación espectacular, creo que jamás la había tenido antes.

Levanté mi cabeza y le miré, él seguía inmerso en su pequeño mundo, parecía no estar allí, no saber que la persona que tenía al lado le estaba mirando fijamente. Levanté mi mano y la posé en su hombro, acto involuntario…probablemente, pero deseado seguro. Él reaccionó me miró a los ojos, yo temí caer en el descontrol nuevamente pero su mirada me tranquilizó. Fueron unos segundos los que tarde en pronunciar las palabras que dan tanto miedo, esas que al pronunciarlas resuenan en mi cabeza y recuerdan mi tristeza.

- Elijo ser feliz, ¿y tú?

Él chico se quedó mirándome sin decirme nada por unos instantes. Quizás sorprendido, asustado, inquieto…no lo sé, su expresión no cambió en ningún instante.

- ¿Eso se puede elegir? – Me contestó

- Por intentarlo no pierdes nada.

- ¿Lo has intentado?

- Muchas veces.

- No creo que eso sea una buena señal.

- Da igual, lo seguiré intentando, si no ¿qué me queda?

- Nada.

- ¿Te gusta la nada?

- Por lo menos ya la conozco.

- Sí, yo también. Por eso elijo ser feliz.

- ¿Me ayudarías?

- ¿Y tú a mí?

La delgada línea

Publicado en Uncategorized el Noviembre 11, 2009 por delgadalinea

Inés y Julia crecieron juntas. Sus madres se conocían antes de que ambas llegaran al mundo. Sus hermanos mayores ya eran grandes amigos. Nadie podía predecir los destinos de las niñas. Nacerían a penas con un mes de diferencia. Pero la vida las separó por una simple línea de tiempo, nacieron en años diferentes. A pesar de estudiar en clases diferentes, fueron juntas a la guardería, al mismo colegio, y compartían todo su tiempo libre.

Pero todos nos hacemos mayores y tomamos nuestro rumbo llegada una edad. Ambas fueron a la universidad pero en ciudades muy diferentes y alejadas, hablaban siempre que podían, pero la distancia fue alejando su amistad, las llamadas cada vez eran menos frecuentes hasta que dejaron de hablar. El fuerte lazo que las unía se fue aflojando lentamente.

Un día decidieron reunirse e irse de viaje solas. Tomar las riendas de su amistad de nuevo, confiar la una en la otra como lo habían hecho siempre. Ese día se dieron cuenta de que su sufrimiento en los años que pasaron separadas habría sido menos doloroso si hubieran confiado más la una en la otra, pero el no verse a menudo las distanció tanto que dejaron de contarse sus secretos. Y sin saberlo habían decidido sufrir en silencio.

Fue un viaje demasiado especial para las dos como para olvidarlo y dejarlo atrás en el tiempo. Llegaron un viernes. Era un día soleado, habían reservado una habitación de hotel en un pequeño pueblo del norte. Sin demasiada gente, sin demasiadas distracciones, era su tiempo, solo y exclusivamente para ellas.

No fue fácil para ninguna tomar el primer paso, sincerarse, poner cara a la verdad, a los errores, a los hechos que las habían acompañado aquellos años de soledad. Decidieron comprarse unas latas de cerveza e irse a la playa al anochecer. Sería perfecto. Inés llevó una toalla y algo de comer. Cuando llegaron a la playa, pasaron un rato observando el oleaje y la playa vacía.

-         ¿Qué nos ha pasado Julia?

-         Creo que no tiene explicación ni excusa.

-         Creo que deberíamos arreglarlo.

-         Yo te he echado de menos. Todos estos años, la universidad…me he hecho mayor, y no estabas. No te estoy culpando, no me interpretes mal.

-         La culpa es de las dos, no hemos sabido ser como éramos, supongo.

-         El tiempo nos ha pasado una mala jugada.

-         Supongo que estábamos demasiado distraídas con otras cosas.

-         Entonces, ¿qué tal estás?

-         Bien, eso creo. ¿Y tú?

-         Bien también.

-         No es fácil hacerse mayor. Recuerdo cuando jugábamos a ser adultas, a comportarnos como nuestros hermanos. Que diferente es la realidad.

Ambas se rieron y siguieron bebiendo.

-         La verdad es que no teníamos ni idea. Esto no es lo que pensábamos. Podríamos jugar a ser niñas ahora, seguro que sería más divertido.

-         Ha pasado demasiado rápido, ahora que estamos aquí las dos parece que no hubiera pasado el tiempo. Si te digo la verdad creo que te he necesitado más de una vez pero nunca me atrevía llamarte.

-         ¿Por qué?

-         No sé, supongo que estaba asustada, temía que hubieras cambiado. Que me juzgaras. Que algo se hubiera roto.

-         Creo que nunca se ha llegado a romper nada, sólo nos hemos dado un espacio. Yo prefiero pensar eso. Y a decir verdad, a mi me ha pasado lo mismo. Muchas veces lo pasé mal y pensé en llamarte.

-         Por qué seremos tan tontas.

-         No creo que sea eso, simplemente era miedo.

-         No estoy bien Inés. Me siento sola desde hace tiempo. Creo que he cometido un montón de errores y me están pasando factura.

-         Todos cometemos errores, quizás nosotras le damos demasiadas vueltas. Yo también he llorado a solas.

-         He dejado a Juan hace unos meses. Creo que me había engañado, pero realmente eso es lo de menos. Nuestra relación no iba a ninguna parte, era un martirio. Ya no se si era una excusa que me había inventado yo o era verdad.

-         Deberías haberme llamado.

-         Ya lo sé. No podía dormir, y cuando lo hacía solo tenía una pesadilla detrás de otra. Al final tuve que decírselo no podía soportarlo. Era contradictorio, no podía imaginármelo con otra pero no soportaba estar con él.

-         ¿Y qué te dijo?

-         Realmente no dijo nada. Me hizo bajar del coche y volver a casa andando, eso fue todo.

-         ¿Pero en dónde estabas?

-         No estaba lejos, menos mal – Julia ríe.

-         Que cabrón. ¿y crees que él te engañó?

-         Eso me dijeron, pero me da igual, no quiero darle más vueltas, creo que una vez cruzada esa línea no debo volver atrás.

-         Haces bien.

-         Sí, eso creo yo.

-         Me duele.

-         ¿El qué?

-         Todo esto. Saber que hemos estado solas solamente porque hemos querido. Porque nos daba miedo la sinceridad.

-         Ya lo sé, si seguimos siendo nosotras, con más culo y más experiencia.

Inés y Julia brindaron con las latas de cerveza, y rieron.

-         Oye Inés, lo que hablábamos antes. ¿Te acuerdas cuando venías con mis padres a la playa?

-         Sí, claro como lo iba a olvidar.

-         Recuerdas…

-         …el día que nos escapamos y nos bañamos desnudas en la playa y salieron los del bar…

-         Sí – Inés se ríe-

-         Bueno en realidad era una barra americana.

-         Me pregunto si seguirá existiendo.

-         Seguro que era una tapadera de droga, tenía toda la pinta, lo que pasa es que de aquellas éramos un poco ilusas.

-         Que bonito se veía todo…

-         La verdad es que se vive bien sin saber la mitad de las cosas que pasan en realidad.

-         Entonces… ¿Nos desnudamos no?

-         Al agua…

Que ellas recuerden fueron las mejores vacaciones de sus vidas. Lo necesitaban. Hay líneas y líneas en la vida, unas demasiado flojas y débiles y otras que son tan resistentes que ni el tiempo ni la distancia las pueden romper. El resto de las vacaciones fueron perfectas, se pusieron al día, se contaron cada uno de sus secretos y de sus experiencias. Se prometieron que jamás dudarían en llamarse o juntarse cuando un atisbo de dolor llamara a su puerta.

Flores

Publicado en Uncategorized el Noviembre 1, 2009 por delgadalinea

“Nuestro pasado nos sigue en su totalidad, en cada momento (…); lo que hemos sentido,  pensado y querido desde nuestra primera infancia se encuentra allí, inclinado sobre el presente. al que está a punto de absorber en sí mismo, apretujándose sobre la puerta de la conciencia.”

Henri Bergson

Elegí las flores que nunca debí haber arrancado

las sabanas dejaron ver mi cuerpo desnudo

marchitaron los días que perdí atravesando puertas

mis pies helados desvelan mis miedos

señales de soledad, de hojas secas sobre el suelo

Deshice caminos que no me llevaban a un destino

los pétalos que indicaban el regreso se los llevó el viento

di pasos de arrepentimiento y de mentira

me ausenté de mis poemas, mi voz se quedó muda

pero nunca callé mi pensamiento, ni mi remordimiento.

Elegí las flores más bonitas por fuera y más crueles por dentro

no supe esconder mis secretos, a los ojos del presente

renuncié al agua de mis labios por no ser desdicha

y sola me quede a la sombra, al llanto de mis palabras mudas.