Inés y Julia crecieron juntas. Sus madres se conocían antes de que ambas llegaran al mundo. Sus hermanos mayores ya eran grandes amigos. Nadie podía predecir los destinos de las niñas. Nacerían a penas con un mes de diferencia. Pero la vida las separó por una simple línea de tiempo, nacieron en años diferentes. A pesar de estudiar en clases diferentes, fueron juntas a la guardería, al mismo colegio, y compartían todo su tiempo libre.
Pero todos nos hacemos mayores y tomamos nuestro rumbo llegada una edad. Ambas fueron a la universidad pero en ciudades muy diferentes y alejadas, hablaban siempre que podían, pero la distancia fue alejando su amistad, las llamadas cada vez eran menos frecuentes hasta que dejaron de hablar. El fuerte lazo que las unía se fue aflojando lentamente.
Un día decidieron reunirse e irse de viaje solas. Tomar las riendas de su amistad de nuevo, confiar la una en la otra como lo habían hecho siempre. Ese día se dieron cuenta de que su sufrimiento en los años que pasaron separadas habría sido menos doloroso si hubieran confiado más la una en la otra, pero el no verse a menudo las distanció tanto que dejaron de contarse sus secretos. Y sin saberlo habían decidido sufrir en silencio.
Fue un viaje demasiado especial para las dos como para olvidarlo y dejarlo atrás en el tiempo. Llegaron un viernes. Era un día soleado, habían reservado una habitación de hotel en un pequeño pueblo del norte. Sin demasiada gente, sin demasiadas distracciones, era su tiempo, solo y exclusivamente para ellas.
No fue fácil para ninguna tomar el primer paso, sincerarse, poner cara a la verdad, a los errores, a los hechos que las habían acompañado aquellos años de soledad. Decidieron comprarse unas latas de cerveza e irse a la playa al anochecer. Sería perfecto. Inés llevó una toalla y algo de comer. Cuando llegaron a la playa, pasaron un rato observando el oleaje y la playa vacía.
- ¿Qué nos ha pasado Julia?
- Creo que no tiene explicación ni excusa.
- Creo que deberíamos arreglarlo.
- Yo te he echado de menos. Todos estos años, la universidad…me he hecho mayor, y no estabas. No te estoy culpando, no me interpretes mal.
- La culpa es de las dos, no hemos sabido ser como éramos, supongo.
- El tiempo nos ha pasado una mala jugada.
- Supongo que estábamos demasiado distraídas con otras cosas.
- Entonces, ¿qué tal estás?
- Bien, eso creo. ¿Y tú?
- Bien también.
- No es fácil hacerse mayor. Recuerdo cuando jugábamos a ser adultas, a comportarnos como nuestros hermanos. Que diferente es la realidad.
Ambas se rieron y siguieron bebiendo.
- La verdad es que no teníamos ni idea. Esto no es lo que pensábamos. Podríamos jugar a ser niñas ahora, seguro que sería más divertido.
- Ha pasado demasiado rápido, ahora que estamos aquí las dos parece que no hubiera pasado el tiempo. Si te digo la verdad creo que te he necesitado más de una vez pero nunca me atrevía llamarte.
- ¿Por qué?
- No sé, supongo que estaba asustada, temía que hubieras cambiado. Que me juzgaras. Que algo se hubiera roto.
- Creo que nunca se ha llegado a romper nada, sólo nos hemos dado un espacio. Yo prefiero pensar eso. Y a decir verdad, a mi me ha pasado lo mismo. Muchas veces lo pasé mal y pensé en llamarte.
- Por qué seremos tan tontas.
- No creo que sea eso, simplemente era miedo.
- No estoy bien Inés. Me siento sola desde hace tiempo. Creo que he cometido un montón de errores y me están pasando factura.
- Todos cometemos errores, quizás nosotras le damos demasiadas vueltas. Yo también he llorado a solas.
- He dejado a Juan hace unos meses. Creo que me había engañado, pero realmente eso es lo de menos. Nuestra relación no iba a ninguna parte, era un martirio. Ya no se si era una excusa que me había inventado yo o era verdad.
- Deberías haberme llamado.
- Ya lo sé. No podía dormir, y cuando lo hacía solo tenía una pesadilla detrás de otra. Al final tuve que decírselo no podía soportarlo. Era contradictorio, no podía imaginármelo con otra pero no soportaba estar con él.
- ¿Y qué te dijo?
- Realmente no dijo nada. Me hizo bajar del coche y volver a casa andando, eso fue todo.
- ¿Pero en dónde estabas?
- No estaba lejos, menos mal – Julia ríe.
- Que cabrón. ¿y crees que él te engañó?
- Eso me dijeron, pero me da igual, no quiero darle más vueltas, creo que una vez cruzada esa línea no debo volver atrás.
- Haces bien.
- Sí, eso creo yo.
- Me duele.
- ¿El qué?
- Todo esto. Saber que hemos estado solas solamente porque hemos querido. Porque nos daba miedo la sinceridad.
- Ya lo sé, si seguimos siendo nosotras, con más culo y más experiencia.
Inés y Julia brindaron con las latas de cerveza, y rieron.
- Oye Inés, lo que hablábamos antes. ¿Te acuerdas cuando venías con mis padres a la playa?
- Sí, claro como lo iba a olvidar.
- Recuerdas…
- …el día que nos escapamos y nos bañamos desnudas en la playa y salieron los del bar…
- Sí – Inés se ríe-
- Bueno en realidad era una barra americana.
- Me pregunto si seguirá existiendo.
- Seguro que era una tapadera de droga, tenía toda la pinta, lo que pasa es que de aquellas éramos un poco ilusas.
- Que bonito se veía todo…
- La verdad es que se vive bien sin saber la mitad de las cosas que pasan en realidad.
- Entonces… ¿Nos desnudamos no?
- Al agua…
Que ellas recuerden fueron las mejores vacaciones de sus vidas. Lo necesitaban. Hay líneas y líneas en la vida, unas demasiado flojas y débiles y otras que son tan resistentes que ni el tiempo ni la distancia las pueden romper. El resto de las vacaciones fueron perfectas, se pusieron al día, se contaron cada uno de sus secretos y de sus experiencias. Se prometieron que jamás dudarían en llamarse o juntarse cuando un atisbo de dolor llamara a su puerta.