Publicado en Uncategorized el Noviembre 22, 2009 por delgadalinea

A ciegas me señalas el camino

intentas que regrese

pero mis pies están prisioneros

mi corazón se ha parado en un instante.

Segundos de sufrimiento y olvido

de bonitos momentos y de agonía

vuelve, me gritas a lo lejos

pero ya no se ni si te escucho.

Las palabras se las lleva el viento

no quedarán entre mis recuerdos

mi corazón se ha parado

mi respiración se acelera

al borde del precipicio.

No lo hagas me gritas a lo lejos

pero tus palabras son mudas

y tu rostro invisible

me he perdido entre las lágrimas.

Corres hacia mi cuerpo inerte

que se desploma hacia el vacío

peso de pluma y suspiros

mi corazón se ha parado.

No lo hagas me gritas a lo lejos.

Ya vuelo, caigo, me deshago

mi corazón me abandona

los recuerdos me abandonan

y ahora te escucho más cerca

siempre te quise me gritas,

ahora es demasiado tarde pienso.

Al fondo

Publicado en Uncategorized el Noviembre 13, 2009 por delgadalinea

Al fondo de la barra del bar, allí estaba. La mirada perdida, una expresión de incertidumbre y tristeza se reflejaban en su rostro. Parecía que pudiera reflejarse en el la superficie de su copa, no paraba de mirar hacia ella como si le estuviera desvelando algún oscuro secreto. No sé si estaba sólo, si esperaba a alguien o si lo habían abandonado en medio de aquella noche. Yo acababa de llegar, no era un gran día para mí, acababan de despedirme, no era el trabajo de mi vida, pero tampoco podía permitirme el lujo de estar parada.

Nada más entrar en el bar lo vi a él, me llamó la atención su soledad, o quizás su agonía, necesitaba descubrir qué era lo que compartía con aquel vaso. Se lo bebió en seguida, de un trago a penas, me sorprendió, algo malo debía estar pasando por su cabeza.

Yo estaba con mis amigas, habían decido convencerme para salir y que no me hundiera sola en casa. Hacia bastante tiempo que las cosas no me iban muy bien, y hoy lo que me faltaba, había perdido una de las últimas cosas que tenía. Pero por lo menos tenía unas amigas, buenas, muy buenas, todo hay que decirlo. La noche había empezado con buen pie pero ese chico me hizo recordar lo triste que puede llegar a resultar una vida. Pensé en acercarme y hablarle, pero no tenía las agallas y tampoco las palabras adecuadas. Y por supuesto el miedo, un temor absurdo y absoluto a dañarle a arañar sus cicatrices. Probablemente sólo quería estar solo con sus pensamientos y con su copa, con su copa y sus sentimientos.

Hay una frase que me suelo repetir en los malos momentos, en los más oscuros, solo para intentar animarme, nunca supe si servía de algo o si simplemente era una manera más de engañarme a mi misma, me la repito una y otra vez cada vez que se me cae el mundo encima.

Mis amigas conocieron a unos chicos en el bar y estaban hablando con ellos, yo agarré mi copa con fuerza y fui impulsivamente hacia aquel chico, cómo lo hice no lo sé, pero ahí estaba de repente a su lado mirando mi reflejo en alcohol a su lado. Él ni siquiera levantó la mirada, puede que no me viera. Su segunda copa estaba vacía y en la mía a penas quedaba nada. El chico hizo una seña a la camarera, ella se acercó, el simplemente y con una vez muy tenue dijo:

- Lo mismo, por favor.

La camarera se dio media vuelta. El chico me miró y volvió a mirar a la camarera.

- Espera, y para ella lo que estaba tomando.

Yo simplemente sonreí, dónde estaban mis palabras, mi voz se había quedado en algún sitio entre la puerta y el camino hasta él. Desde que lo había visto a penas había podido pronunciar más que monosílabos a mis amigas, mi cabeza estaba tan saturada de pensamientos, de sentimientos, de recuerdos y de suposiciones que era imposible abrir mi boca. La camarera nos sirvió las copas y le cobró a él. No puede ni decir que no se preocupara que ya pagaba yo, ni si quiera eso. Bebí unos tragos, él comenzó a mirar la copa de nuevo, yo repetía en mi cabeza que me tenía que tranquilizar, que debía de parar aquel fluir de pensamientos y tranquilizar a mi imaginación como fuera. Por fin lo conseguí, volvía a tener el control sobre mi misma. Fue una sensación espectacular, creo que jamás la había tenido antes.

Levanté mi cabeza y le miré, él seguía inmerso en su pequeño mundo, parecía no estar allí, no saber que la persona que tenía al lado le estaba mirando fijamente. Levanté mi mano y la posé en su hombro, acto involuntario…probablemente, pero deseado seguro. Él reaccionó me miró a los ojos, yo temí caer en el descontrol nuevamente pero su mirada me tranquilizó. Fueron unos segundos los que tarde en pronunciar las palabras que dan tanto miedo, esas que al pronunciarlas resuenan en mi cabeza y recuerdan mi tristeza.

- Elijo ser feliz, ¿y tú?

Él chico se quedó mirándome sin decirme nada por unos instantes. Quizás sorprendido, asustado, inquieto…no lo sé, su expresión no cambió en ningún instante.

- ¿Eso se puede elegir? – Me contestó

- Por intentarlo no pierdes nada.

- ¿Lo has intentado?

- Muchas veces.

- No creo que eso sea una buena señal.

- Da igual, lo seguiré intentando, si no ¿qué me queda?

- Nada.

- ¿Te gusta la nada?

- Por lo menos ya la conozco.

- Sí, yo también. Por eso elijo ser feliz.

- ¿Me ayudarías?

- ¿Y tú a mí?

La delgada línea

Publicado en Uncategorized el Noviembre 11, 2009 por delgadalinea

Inés y Julia crecieron juntas. Sus madres se conocían antes de que ambas llegaran al mundo. Sus hermanos mayores ya eran grandes amigos. Nadie podía predecir los destinos de las niñas. Nacerían a penas con un mes de diferencia. Pero la vida las separó por una simple línea de tiempo, nacieron en años diferentes. A pesar de estudiar en clases diferentes, fueron juntas a la guardería, al mismo colegio, y compartían todo su tiempo libre.

Pero todos nos hacemos mayores y tomamos nuestro rumbo llegada una edad. Ambas fueron a la universidad pero en ciudades muy diferentes y alejadas, hablaban siempre que podían, pero la distancia fue alejando su amistad, las llamadas cada vez eran menos frecuentes hasta que dejaron de hablar. El fuerte lazo que las unía se fue aflojando lentamente.

Un día decidieron reunirse e irse de viaje solas. Tomar las riendas de su amistad de nuevo, confiar la una en la otra como lo habían hecho siempre. Ese día se dieron cuenta de que su sufrimiento en los años que pasaron separadas habría sido menos doloroso si hubieran confiado más la una en la otra, pero el no verse a menudo las distanció tanto que dejaron de contarse sus secretos. Y sin saberlo habían decidido sufrir en silencio.

Fue un viaje demasiado especial para las dos como para olvidarlo y dejarlo atrás en el tiempo. Llegaron un viernes. Era un día soleado, habían reservado una habitación de hotel en un pequeño pueblo del norte. Sin demasiada gente, sin demasiadas distracciones, era su tiempo, solo y exclusivamente para ellas.

No fue fácil para ninguna tomar el primer paso, sincerarse, poner cara a la verdad, a los errores, a los hechos que las habían acompañado aquellos años de soledad. Decidieron comprarse unas latas de cerveza e irse a la playa al anochecer. Sería perfecto. Inés llevó una toalla y algo de comer. Cuando llegaron a la playa, pasaron un rato observando el oleaje y la playa vacía.

-         ¿Qué nos ha pasado Julia?

-         Creo que no tiene explicación ni excusa.

-         Creo que deberíamos arreglarlo.

-         Yo te he echado de menos. Todos estos años, la universidad…me he hecho mayor, y no estabas. No te estoy culpando, no me interpretes mal.

-         La culpa es de las dos, no hemos sabido ser como éramos, supongo.

-         El tiempo nos ha pasado una mala jugada.

-         Supongo que estábamos demasiado distraídas con otras cosas.

-         Entonces, ¿qué tal estás?

-         Bien, eso creo. ¿Y tú?

-         Bien también.

-         No es fácil hacerse mayor. Recuerdo cuando jugábamos a ser adultas, a comportarnos como nuestros hermanos. Que diferente es la realidad.

Ambas se rieron y siguieron bebiendo.

-         La verdad es que no teníamos ni idea. Esto no es lo que pensábamos. Podríamos jugar a ser niñas ahora, seguro que sería más divertido.

-         Ha pasado demasiado rápido, ahora que estamos aquí las dos parece que no hubiera pasado el tiempo. Si te digo la verdad creo que te he necesitado más de una vez pero nunca me atrevía llamarte.

-         ¿Por qué?

-         No sé, supongo que estaba asustada, temía que hubieras cambiado. Que me juzgaras. Que algo se hubiera roto.

-         Creo que nunca se ha llegado a romper nada, sólo nos hemos dado un espacio. Yo prefiero pensar eso. Y a decir verdad, a mi me ha pasado lo mismo. Muchas veces lo pasé mal y pensé en llamarte.

-         Por qué seremos tan tontas.

-         No creo que sea eso, simplemente era miedo.

-         No estoy bien Inés. Me siento sola desde hace tiempo. Creo que he cometido un montón de errores y me están pasando factura.

-         Todos cometemos errores, quizás nosotras le damos demasiadas vueltas. Yo también he llorado a solas.

-         He dejado a Juan hace unos meses. Creo que me había engañado, pero realmente eso es lo de menos. Nuestra relación no iba a ninguna parte, era un martirio. Ya no se si era una excusa que me había inventado yo o era verdad.

-         Deberías haberme llamado.

-         Ya lo sé. No podía dormir, y cuando lo hacía solo tenía una pesadilla detrás de otra. Al final tuve que decírselo no podía soportarlo. Era contradictorio, no podía imaginármelo con otra pero no soportaba estar con él.

-         ¿Y qué te dijo?

-         Realmente no dijo nada. Me hizo bajar del coche y volver a casa andando, eso fue todo.

-         ¿Pero en dónde estabas?

-         No estaba lejos, menos mal – Julia ríe.

-         Que cabrón. ¿y crees que él te engañó?

-         Eso me dijeron, pero me da igual, no quiero darle más vueltas, creo que una vez cruzada esa línea no debo volver atrás.

-         Haces bien.

-         Sí, eso creo yo.

-         Me duele.

-         ¿El qué?

-         Todo esto. Saber que hemos estado solas solamente porque hemos querido. Porque nos daba miedo la sinceridad.

-         Ya lo sé, si seguimos siendo nosotras, con más culo y más experiencia.

Inés y Julia brindaron con las latas de cerveza, y rieron.

-         Oye Inés, lo que hablábamos antes. ¿Te acuerdas cuando venías con mis padres a la playa?

-         Sí, claro como lo iba a olvidar.

-         Recuerdas…

-         …el día que nos escapamos y nos bañamos desnudas en la playa y salieron los del bar…

-         Sí – Inés se ríe-

-         Bueno en realidad era una barra americana.

-         Me pregunto si seguirá existiendo.

-         Seguro que era una tapadera de droga, tenía toda la pinta, lo que pasa es que de aquellas éramos un poco ilusas.

-         Que bonito se veía todo…

-         La verdad es que se vive bien sin saber la mitad de las cosas que pasan en realidad.

-         Entonces… ¿Nos desnudamos no?

-         Al agua…

Que ellas recuerden fueron las mejores vacaciones de sus vidas. Lo necesitaban. Hay líneas y líneas en la vida, unas demasiado flojas y débiles y otras que son tan resistentes que ni el tiempo ni la distancia las pueden romper. El resto de las vacaciones fueron perfectas, se pusieron al día, se contaron cada uno de sus secretos y de sus experiencias. Se prometieron que jamás dudarían en llamarse o juntarse cuando un atisbo de dolor llamara a su puerta.

Flores

Publicado en Uncategorized el Noviembre 1, 2009 por delgadalinea

“Nuestro pasado nos sigue en su totalidad, en cada momento (…); lo que hemos sentido,  pensado y querido desde nuestra primera infancia se encuentra allí, inclinado sobre el presente. al que está a punto de absorber en sí mismo, apretujándose sobre la puerta de la conciencia.”

Henri Bergson

Elegí las flores que nunca debí haber arrancado

las sabanas dejaron ver mi cuerpo desnudo

marchitaron los días que perdí atravesando puertas

mis pies helados desvelan mis miedos

señales de soledad, de hojas secas sobre el suelo

Deshice caminos que no me llevaban a un destino

los pétalos que indicaban el regreso se los llevó el viento

di pasos de arrepentimiento y de mentira

me ausenté de mis poemas, mi voz se quedó muda

pero nunca callé mi pensamiento, ni mi remordimiento.

Elegí las flores más bonitas por fuera y más crueles por dentro

no supe esconder mis secretos, a los ojos del presente

renuncié al agua de mis labios por no ser desdicha

y sola me quede a la sombra, al llanto de mis palabras mudas.

Último tren

Publicado en Uncategorized el Octubre 31, 2009 por delgadalinea

Cuando arañas en el mismo sitio más de una, más de dos y muchas más veces la herida se hace tan grande que es imposible que no quede cicatriz.

El tren ha dejado de estar parado en la misma estación. Ha decidido continuar su viaje. Ni si quiera se ha planteado si volvería a pasar por la misma ciudad de nuevo, pero una cosa tenía clara el maquinista cuando puso en marcha los motores. La vida continuaba allá fuera, y en aquel pequeño y desagradecido pueblo ya no quedaba más por descubrir, quizás no porque no guardará más pequeños e ingeniosos secretos que ella pudiera llegar a aprender a amar sino por que estaban guardados bajo llave y esa misteriosa llave era imposible de encontrar. Ella se dio cuenta tarde de que buscar era inútil, rogar imposible, y mentirse así misma un minuto más la dejaría encerrada en aquel pequeño lugar mucho más sola de lo que ella pensaba.

Dudo varias semanas, intentó entender las razones, preguntó a los habitantes el por qué de su silencio, de su indiferencia, de su distanciamiento pero nunca nadie le supo dar una respuesta, Él siempre estaba tan distante y, a veces, tan cercano. Alguna vez fingió amarla, o quizás ella vistió sus ojos con una mirada de amor para ver un futuro diferente, un futuro allí, un futuro feliz, una mentira. Pero todo cambiaba al abrir los ojos al alba, todo parecía más real, la herida cada vez era más visible y más dolorosa. Aun no había comenzado a sangrar, pero no saber nada de él al pasar las horas, los días, la herida iba aumentando. Ella la observa en el espejo con su pecho al descubierto, ni una sola lágrima brotaba de sus ojos, y en el reflejo del espejo no se podía ver nada, hacía tiempo que había olvidado como llorar, pero jamás había olvidado como duelen los arañazos.

Una mañana se levantó especialmente triste pero sorprendentemente fuerte. Su pecho le ardía, se quitó su camiseta y se acercó al tocador, en su pecho había una cicatriz, le dolía profundamente. Se giró e hizo las maletas. Se dio cuenta de que las heridas no se curan haciéndolas más grandes y que en aquel lugar no podría soportar más tiempo. O cogía el tren esa mañana o se quedaría encerrada para siempre. Ni siquiera se planteó que él apareciera en la estación corriendo como en una película romántica y le impidiera marcharse, eso nunca sucedería. Su corazón estaba guardado bajo llave, quizás enterrado en algún sitio para que nadie le hiciera daño auque la intención de ella siempre fue amarlo.

Él jamás apareció en la estación y ella no quiso despedirse, no sabía como hacerlo y la verdad es que sabía que en el fondo no tenía la fuerza suficiente para mirarle a los ojos y decirle que se iba porque entonces la herida le atravesaría el pecho. Así, que se fue sin echar la vista atrás, abandonó su ilusión porque era todo lo que había sido, un simple sueño, una historia en su cabeza que se había convertido en un tormento, en una cicatriz en su pecho que la acompañaría para siempre y que le haría recordar aquello que había dejado en aquel pueblo, un trocito de su corazón encerrado bajo llave junto al corazón del hombre que jamás la había amado.

Manchas de colores

Publicado en Uncategorized el Octubre 29, 2009 por delgadalinea

Estaba sentado delante de mí. Estábamos en el metro, sabía que era un chico porque sus pies eran grandes, no presté atención a su rostro sólo a sus zapatillas. Había manchas de pintura, unos pequeños círculos de colores. No paraba de preguntarme, cómo, dónde y por qué tenía esas manchas. Quizás era pintor o simplemente era un adolescente que se divertía pintando los muros abandonados y sin poder evitarlo se había manchado sus zapatillas y no se había molestado en limpiarlas. Curiosamente y sin saber la razón mi instinto me impulsó a seguirle. No era mi intención ese día, es más había quedado y llegaba tarde, avisé a mi cita de que me había surgido un contratiempo. Que desconcertante y que ridículo es el destino.

Se bajó dos paradas más allá de dónde yo me debería haber bajado. Me camuflé entre la gente como si fuera una espía, siguiéndole a una distancia prudente. Por un momento pensé que estaba en una película de acción y que de un momento a otro él se daría la vuelta y me descubriría, me miraría y… en que cosas piensa una. Salió del metro y anduvo un rato, llegó a un pequeño edificio abandonado, la gente había seguido su camino y a penas quedábamos nosotros dos. Empecé a asustarme, mis probabilidades de ser descubierta aumentaban por momentos.

Él escuchó mis pasos sobre la acera, a quién se le ocurre seguir a alguien con tacones, nunca supe ser una femme fatal, si fuera una película de cine negro debería haberle mirado seductoramente, haberme acercado a él y haberle seducido para luego acabar con su vida por haberme descubierto. Pero se trataba de un adolescente o por lo menos tenía cara de niño, que vergüenza pasé, que ridículo más absurdo. Él se acercó a mí.

- ¿Te has perdido?

- ¿Yo? No

- Ah…pensaba…

- Bueno…sí.

- Ya me parecía. Quieres que te acompañe al metro más cercano.

- ¿Y tú qué haces aquí?

- ¿Yo?

- Sí, aquí parece que no hay nada.

- Pues eso nada.

- Bien.

- ¿Quieres que te acompañe o no?

- Me quedaré un rato contigo.

- ¿Qué?

- Sí, total ya no llego a donde tenía que ir.

- Como quieras.

- ¿Te puedo preguntar una cosa?

- Depende.

- ¿por qué tienes las zapatillas manchadas de pintura de colores?

- Mi hermana pequeña…

Me eché a reír, él no entendía nada, seguramente pensó que estaba completamente loca, creo que hasta yo misma lo pensé. Nos sentamos en un pequeño muro que había cerca de un edificio que estaban construyendo. No faltaba mucho para que oscureciese.

- No deberías estar sólo por aquí a estas horas, ¿no crees?

- La que no debería estar eres tú.

- Eso también es verdad. ¿Cuántos años tienes?

- Más de los que parece. ¿Y tú?

- Menos de los que intento aparentar.

- ¿Y eso por qué?

- Por que siempre creen que soy más joven de lo que en realidad si y por eso intento aparentar más.

- Que tontería.

- Sí, realmente lo es.

- Sabes…te he seguido.

- ¿Por qué?

- Porque tenías pintura en las zapatillas.

- ¿Estás loca?

- No, sólo quería hacer realidad una historia.

- ¿Qué historia?

- Una de muchas.

- Definitivamente no entiendo nada de lo que dices.

- De eso se trata. De no entender para poder vivir.

Mi primer verano con Ana (1)

Publicado en Uncategorized el Octubre 22, 2009 por delgadalinea

Como todos los veranos Martín intentaba disuadir a sus padres de cambiar el destino de sus vacaciones de verano. Estaba cansado de hacer siempre lo mismo, se avergonzaba de sus tristes días en el pueblo con sus abuelos, allí no había nadie, no había otros niños, no había playa, no había parques de atracciones, no había distracciones, no había actividades de aventura, no había nada de lo que sus amigos del colegio le contaban a la vuelta. Menos mal que Martín tiene una gran imaginación y desde muy pequeñito le encantaba leer, siempre tubo curiosidad por el resto de países, así que para sus amigos Martín era un niño de mundo, había visitado, quien sabe, quizá unos seis países diferentes, él ya había perdido la cuenta. Muchas veces temía que le descubrieran pero siempre fue un niño inteligente.

Este verano iba a ser igual que todos los anteriores, Martín rogó repetidas veces a su madre que deseaba hacer algo diferente, algo excitante pero ella le explicó que sus abuelos no lo comprenderían. Todos los años decía lo mismo, que se pondrían muy tristes.

El viaje era una rutina, siempre igual, pero este año iba a ser diferente pero Martín aun no lo sabía. Hicieron las maletas, cerraron bien la casa y dejaron a sus vecinos encargados de cuidar a Sam. Martín odiaba dejar a su perro con los Thomson, no entendía porque no podía llevarse a su perro con él, por lo menos podrían ir a pasear por el lago los dos juntos y así no estaría tan sólo, además a Sam no les cae nada bien esa familia, les ladra cada vez que los ve y con razón, no son nada cariñosos con él.

Llamaron a un taxi, y los recogió en la puerta de casa, los llevó a la estación de tren. El tren era viejo, era el mismo tren desde hace seis años y seguramente desde hace más, Martín no tiene memoria más allá de esos ocho años, ahora tiene diez, y recuerda seis porque tiene fotos de la familia en la estación. Ahora ya ni siquiera tienen fotos, parra qué si lo han hecho tantas veces que jamás se les borrará de la memoria. Martín y sus padres se subieron al tren, buscaron su cabina y se metieron, les esperaba un largo viaje. Su padre colocó las maletas y se acomodó en los asientos con una mantita, tapó a su madre y miró a Martín y le hizo una seña para que se uniera a ellos. Martín se negó y les dijo que se iba a dar una vuelta por el tren.

Se paró en una ventana y empezó a imaginarse como sería estar en otro país, como siempre habría soñado, yendo de Helsinki a Laponia al ras de los enormes lagos, comenzó a imaginarse que salía volando por la pequeña ventana de tren y sobrevolaba al ras del suelo todo el paisaje. Martín siempre había soñado con volar, con poder ver las cosas desde arriba, desde una perspectiva diferente, poder ir a dónde quisiera cuando quisiera. En ese momento cuando Martín sobrevolaba la llanura pegada al tren alguien le tocó el hombro.

- ¿Qué haces?

Era una voz dulce, sencilla y femenina. Martín tardó en reaccionar.

- Volar.- Respondió Martín

- Pues tus pies están en el suelo- Respondió la niña.

Martín se dio la vuelta y la vio. Era preciosa. Tenía el rostro pálido, ojos verdes, pecas en la nariz, el pelo muy oscuro y llevaba puesto un vestido horroroso, evidentemente elegido por su madre.

- ¿Quién eres?

- Soy Ana. ¿Y tú?

- Martín.

- ¿Qué haces aquí sólo?

- Supongo que lo mismo que tú. Escapar de mis padres, no me apetecía estar con ellos, bueno en realidad no me apetece estar aquí.

- Yo es la primera vez que vengo.

- De veras. ¿Y a dónde vas?

- A un pueblo, no recuerdo el nombre, pero no debe ser nada del otro mundo. A mis padres que no sé porque este año no han querido ir al extranjero, han preferido quedarse, e ir al norte, como si fuera tan diferente del sur.

- Pero si nunca has estado.

- Y, ¿es tan diferente?

- Sí, no hay nada. Por lo menos a dónde yo voy.

- ¿Quieres hacer algo Martín?

-¿El qué? Aquí no se puede hacer nada.

- Mi madre me ha dicho que el tren para en un rato podríamos ir a dar un paseo.

- Vale. Voy a avisar a mi madre de que bajo contigo.

- Yo también.

- Nos vemos abajo.

Martín se fue hasta su vagón, sus padres estaban dormidos. Martín les avisó de que estaban llegando a la primera parada y les dijo que se iba a bajar. Su madre le recriminó que jamás se bajaban pero Martín insistió y le dijo que ya era mayorcito y que era la primera vez que tenía una amiga en sus vacaciones y que no estaba dispuesto a perderla por su culpa. Su madre le advirtió que no tardaran demasiado. El tren paró y Ana y Martín se encontraron en el andén. Los padres de Ana tampoco habían bajado, cruzaron la pequeña estación y pasaron al otro lado, el revsor los alertó de que no tenían mucho tiempo para estar fuera del tren. Ana y Martín no le presataron demasiada atención y corrieron hacia el pueblo, no sabían por qué reían y se miraban como s se conocieran desde hace tiempo, cuando quisieron volver a la estación ya no estaba. No había estación, no había tren, no había revisior, no había nada.

Por lo que pudo haber sido y no fue

Publicado en Uncategorized el Octubre 15, 2009 por delgadalinea

Por el tiempo caminado

las cuestas subidas y jamás bajadas,

las luces que señalaron el camino

y se apagoron al final del día.

Por los recuerdos que se emborronan

mientras creamos nuevas ilusiones,

ideas de un futuro utópico

que nos arrancan la vida a suspiros.

Por los lugares dónde posamos los corazones

allí dónde descansaron largas temporadas

por temor a llevarlos en nuestro pecho

para que nadie nos los arrancara.

Por las almas perdidas que soñaron un día

y se despertaron desesperanzadas,

los que descubrieron las mentiras

las que duelen y las que matan,

las que retuercen nuestro destino.

Por lo que pudo haber sido y no fue

por lo que puede haber hecho

y nunca me dejaste hacer.

Paul y Sara

Publicado en Uncategorized el Octubre 14, 2009 por delgadalinea

Una mujer de unos cincuenta años está sentada en la cama, apoyando su espalda en el cabecero y con sus piernas tapadas con las sábanas hasta su cintura. Tiene un libro entre sus manos, pero lo acaricia sobre su regazo, parece que hace rato que perdió el hilo de la historia. Tiene la mirada perdida en el fondo de la habitación. Un hombre más mayor que ella entra en la habitación, está en pijama, al verla se sienta a su lado y le acaricia la mejilla con suavidad.

- ¿Sigues pensando en él?

- No puedo parar de hacerlo.

- Ha pasado ya mucho tiempo, creo que deberíamos volver a plantearnos lo de ir a un especialista.

- No quiero ir sola, me asustan esos lugares. Son tan íntimos a la vez tan desconcertantes.

- Podría ir contigo, además no nos vendría mal hacer terapia de pareja.

- ¿Qué?

- Desde aquello todo ha ido a peor, no sólo tú Sara, a mí, bueno a nosotros también nos está afectando.

- Yo no lo veo así, esto es temporal.

- No te has dado cuenta se ha convertido en algo estable. Has cambiado, no eres la de antes, hace meses que no follamos.

- Eso es lo único que te importa ¿no?

- No. Pero significa algo.

- Me estás volviendo loca. Quiero dormir.

- Como quieras Sara.

El hombre se levantó y se acostó en su lado de la cama. Sara apagó la luz. Pasadas unas horas volvió a encender la luz, él estaba profundamente dormido, ella se incorporó y cogió un pitillo de la mesilla. El mechero estaba sobre la mesita que estaba del lado de su marido, sin ningún cuidado y con intención de despertarlo pasó por encima de él para alcanzarlo. El se removió, y abrió los ojos y entre sollozos le preguntó qué le pasaba.

- Llevo mucho tiempo dándole vueltas a una cosa y no sé si debería decírtela.

- Tengo que ir a trabajar en unas horas, no podemos hablarlo mañana.

Ella lo mira con desprecio, como si se sintiera rechazada, él lo ve y se incorpora.

- Pásame un cigarrillo.

- Has dejado de escucharme.

- Nunca lo he hecho, y menos desde que ese hombre…desde que…bueno no quiero ni decirlo. Dime qué estás pensando.

- Quiero desaparecer.

- ¿Cómo que quieres desaparecer? ¿Quieres cambiar otra vez de ciudad? Ya sabes que la última vez casi me cuesta el puesto de trabajo Sara.

- No, no me refiero a eso. Me quiero morir Paul.

- ¿Qué?

- Sí. No lo aguanto más. Es insoportable. No salgo de la cama en todo el día, ya no soy capaz ni de leer un libro, no hacemos el amor, no como, no tengo amigos y te estoy fastidiando la vida.

- Pero yo sigo estando aquí.

- Estás aquí por pena.

Él mira ahora a la pared da una calada profunda a su cigarrillo y lo apaga en el cenicero.

- No es que sea por pena, pero si es verdad que ya no es lo mismo. Ya no siento lo mismo por ti, pero simplemente porque has dejado de ser tú.

- Lo maté Paul. ¿Cómo quieres que sea la misma persona después de quitarle la vida a alguien?

Ella empieza a llorar y a mirar a la pared del fondo también.

- No llores otra vez, no sé de dónde sacas las lágrimas Sara, estoy cansado de ser tu pañuelo. Nunca te has parado a pensar cómo me puedo sentir yo. Estoy hasta los cojones de que me trates así, yo no he tenido la culpa, todo este tiempo he intentado aguantarme pero estoy arto, cansado. Yo he pensado en irme.

- Lo ves.

- ¿Qué quieres que vea? Ahora ya no puedo ir.

- ¿Por qué no?

- Porque creo que ya sabías cuales eran mis intenciones y por eso ahora dices que quieres suicidarte.

- Me estás diciendo que sólo lo digo para que te quedes.

- Lo has entendido perfectamente.

- Tú haz lo que quieras yo no te estoy atando con cadenas.

- Sí, lo estás haciendo Sara, lo llevas haciendo mucho tiempo.

- Eso es lo que piensas de mí.

- No te soporto, llevo poniendo buena cara demasiado tiempo, pero creo que te he estado cogiendo odio desde que le atropellaste.

- No me lo repitas más.

- Pero si te lo repites tú misma a cada minuto, te asusta oírlo pero es la realidad afróntala ya.

- No puedo, tengo las imágenes grabadas Paul y cada vez que intento concentrarme en algo vuelven.

- Déjalo Sara podemos seguir hablando de esto toda la vida.

- Así que me odias.

- Sí, odio en lo que te has convertido.

Ella comienza a llorar desesperadamente, él suspira profundamente y se echa las manos a la cabeza. Ella lo mira con odio y empieza a pegarle agresivamente, él intenta sujetarle las manos, pero Sara está sacando toda su rabia. Paul se pone encima de Sara para poder sujetarla con mayor facilidad y ella empieza a gritarle. Paul le tapa la boca y le dice que se calle, con la otra mano le sujeta sus dos manos sobre su cabeza. Las piernas de Paul rodean el cuerpo tísico de su mujer que se retuerce para intentar agredirlo, ella suelta una mano y le baja el pantalón del pijama agresivamente. Paul está sorprendido pero excitado, después de tantos años juntos nunca habían follado de aquella manera. Ella comienza a moverse bruscamente y a pedirle a Paul que le pegue. Paul se niega en rotundo pero Sara insiste y comienza a gritar de nuevo, él le pega una bofetada y ella empieza a excitarse cada vez más. Comienzan a follar bruscamente como dos adolescentes movidos por una pasión inmunda.

- Paul me voy a quitar la vida, prefiero que te vayas.

Paul no contesta, no se cree las palabras de su mujer, nunca la creyó capaz de hacer algo semejante, pero últimamente se comportaba como otra persona. Esa mañana, ella se levantó de la cama, hacía mucho tiempo que no le preparaba el desayuno a su marido. Habían madrugado mucho, en realidad no habían dormido en toda la noche. Ella le dijo que iba a salir, que tenía varios asuntos que resolver, que no se preocupara que aun no había llegado el momento. Paul se quedó sólo en la cocina, sentado en la mesa con su café y pensado en qué debería hacer. Al rato llamó por teléfono al trabajo y avisó de que no iría esa mañana. Salió de casa apresurado.

Paul está sentado en un sofá enfrente de é hay un hombre de unos cuarenta años.

- Doctor mi mujer se va a suicidar y no se como impedirlo. Creo que anoche se despidió de mí.

Parada de autobús

Publicado en Uncategorized el Octubre 7, 2009 por delgadalinea

Como todos los días Paula apagó el despertador y se quedó diez minutos más en su cama, está acostumbrada a hacerlo, odia tener que levantarse sin poder descansar un ratito más entre las sábanas. Se levantó y se preparó el café, lo tomó de pie como de costumbre, con las prisas de siempre, eligiendo la ropa que se iba a poner y se metió en la ducha. No era un día frio, parecía que iba a hacer calor ese día así que solo cogió una chaqueta de verano. Salió de casa y muy apurada llegó a la parada del autobús. Esa noche había dormido bastante mal y estaba bastante cansada. En el autobús consiguió un asiento y se sentó en la ventanilla, sacó su libro y comenzó a leer. Paula recorre un trayecto de veinte minutos todas las mañanas para llegar a su trabajo. Sin darse cuenta esa mañana se quedó dormida, apoyó la cabeza casi inconscientemente sobre el cristal y se sumió en un profundo sueño.

Cuando se despertó estaba completamente desconcertada, se empezó a poner nerviosa, no sabía dónde estaba, a su lado había un hombre uniformado. Se imaginó que sería el conductor del autobús y así era. Éste le dijo que estaban en la estación que debía bajar, que ya había acabado el recorrido y que su turno había acabado, el autobús tenía que pasar una revisión y debía coger otro. Paula no supo qué hacer y aun entre su sueño y la realidad se bajó del autobús y empezó a analizar la situación. Llamó a su trabajo y avisó que llegaría tarde, no contó lo que le había sucedido, le parecía totalmente vergonzoso. Paula preguntó a una mujer en la estación como podía regresar al centro de la ciudad y ella le dijo que no había manera, que allí sólo reparaban los autobuses que podría llamar a un taxi o a algún conocido. Paula no tenía dinero y le suplico a la mujer que le diera una solución. Finalmente la mujer le dijo que a un par de kilómetros había una de cercanías.

Paula desesperada comenzó a andar siguiendo las indicaciones de la señora. Caminaba por el arcén de la carretera, era completamente subreal, pensaba que debería estar en su mesa de trabajo siendo explotada como a diario y se dio cuenta de que nunca había echado tanto de menos ese maldito despacho en el que llevaba trabajando un par de años. Maldijo el momento en que se quedó dormida, nunca le había pasado. Los coches le pitaban cuando pasaban a su lado, Paula les ponía cara de malos amigos. Cuando llevaba un rato andando un coche frenó a su lado y le ofreció acercarla, ella dudó. Era un hombre de unos treinta años, la verdad  es que tenía un aspecto serio, iba vestido con traje y corbata y en el asiento del copiloto llevaba un maletín. Ella se negó en un primer momento pero el hombre insistió, le dijo que tendría que andar mucho, Paula no sabía qué hacer le dijo que ya le quedaba poco para llegar a la parada de autobús pero el hombre le dijo que eso era incierto que esa parada  de autobús no funcionaba desde hacía unos meses. Al final cedió se subió al coche, estaba asustada y sujetaba con fuerza su móvil sin que él lo viera. Pasado un rato en el coche la fuerza con que Paula agarraba el aparato se fue disipando, su miedo estaba desapareciendo, estaba cogiendo confianza y ya no se arrepentía tanto de haber subido a ese coche. Y se repetía una y otra vez que no todo el mundo tenía malas intenciones, ella nunca haría nada malo. Ella misma había recogido a un autoestopista hacia unos años a lo que siguieron las represalias de sus padres y de sus amigos, pero la verdad es que no había sucedido nada.

Paula le preguntó si faltaba mucho, le explicó que llagaba tarde a trabajar y realmente no veía que estuvieran entrando en la ciudad. Él le dijo que iba por un atajo y que pronto llegarían. Hablaron durante un buen rato pero llegado un momento se hizo el silencio, Paula comenzó a sentirse incómoda de nuevo y decidió que lo mejor sería llamar por teléfono a sus compañeros y se lo dijo al hombre. Éste insistió en que no hacía falta, ya estaban llegando a la ciudad y que pronto estaría en su oficina. Ella quiso hacerlo de todos modos pero cuando fue a marcar el frenó de golpe el coche. A Paula se le cayó el móvil al suelo, lo intentó recuperar desesperada pero se había metido debajo de su asiento y no lograba alcanzarlo. Intentó salir del coche pero el hombre había cerrado los pestillos. Paula le preguntó que sucedía, él le dijo que era su día de suerte, que por fin iba a ser feliz. Paula se dio cuenta en ese mismo instante de que había cometido la mayor tontería de su vida, comenzó a llorar desesperada, y empezó a pegar al hombre. Él le dio un puñetazo y la dejó inconsciente.

Paula se despertó, no sabía cuánto tiempo había pasado, ni dónde estaba ni como había llegado allí. Las imágenes le venían como flashes, recordó al hombre y todo lo que había sucedido. Comenzó a llorar de nuevo. Paula miró a su alrededor, estaba en un cuarto pequeño, bastante oscuro con una cama no muy grande, un espejo y un lavabo, había una puerta. Por debajo de la rendija de la puerta pasaba la luz, y había ruidos en el exterior, exactamente dos voces, una de una mujer y otra de un hombre. Paula se acercó a la puerta y apoyó su oreja sobre la madera, intentó escuchar la conversación pero fue inútil. Le dolía a horrores el golpe de la cara y sus manos no paraban de temblar. No tenía ni su móvil ni sus cosas. Pasado un rato decidió acercarse de nuevo a la puerta e intentó abrirla, sorprendentemente la puerta estaba abierta.

Era una casa grande, Paula salió a un pasillo largo, se asomó a varias habitaciones, estaban vacías. Al final del pasillo se escuchaba un ruido, había dos puertas una a la derecha y una a la izquierda. A la derecha parecía estar la cocina pero el ruido venía de la izquierda. Cuando se asomó vio aun mujer en una mecedora. Estaba cosiendo, tenía puesta la tele sin volumen. En cuanto Paula se asomó silenciosamente la mujer paró de balancearse y dejó la bufanda que estaba tejiendo sobre una mesa camilla.

- Hola Paula- dijo la señora- por fin nos conocemos.

Paula sacó la cabeza del marco de la puerta e intentó asimilar lo que estaba pasando.

- Paula no te asustes, ven a sentarte aquí conmigo.

Paula respiró profundamente y entró en la salita. Había un sofá enfrente de la mecedora, así que se sentó allí en frente de aquella mujer a lo que no había visto en su vida y que conocía su nombre. Era una mujer mayor, tendría unos setenta años, no parecía una mujer descuidada, sino todo lo contrario, se mantenía bastante bien.

- ¿Quién es usted?- Preguntó Paula con la voz temblorosa.

- ¿Por qué tienes tanto miedo muchacha? No es para tanto.

- Lo siento señora no entiendo nada…yo sólo iba a trabajar y…

- Ya era hora de que te dignaras a venir, mira que le he dicho a mí hijo que quería conocerte y siempre se resistió a presentarnos. Menos mal que le di un ultimátum, o venías o me iba yo. No puede vivir sin mí, y yo algún día me moriré así que tendré que prepararte para que le cuides, él no sabe cuidarse sólo…pero eso ya lo sabrás.

- Mire señora yo no sé nada. Yo sólo quiero irme a mi casa. ¿Puedo hacer una llamada?

- Aquí no tenemos teléfono, no nos gustan esas cosas, aquí vivimos como se debe señorita.

- Por favor señora, ¿cómo puedo llegar a la ciudad?

- ¿A qué ciudad?

- Señora no me tome el pelo.

Paula empieza llorar y se levanta del sofá. La señora la mira de arriba a abajo. Paula se acerca a la puerta de salida de la casa e intenta abrir. Desde la salita la mujer le grita algo pero Paula no logra escucharla. La puerta está cerrada con llave. Cuando Paula se da la vuelta la señora está justo detrás de ella.

- Que te he dicho que hasta que el vuelva no podemos salir, así funcionan aquí las cosas, he criado a un niño muy inseguro.

Ambas vuelven a la salita. Paula resignada se vuelve a sentar en el sofá.

- Bueno, y qué tal tu madre, ¿ya está mejor?

- ¿Perdone?

- Sí, su madre, no estaba enferma.

- Mi madre está perfectamente señora.

- ¿Por qué me habrá mentido este muchacho?

- Señora, yo no conozco de nada a su hijo, él simplemente…

- No seas vergonzosa muchacha ya sé que tenéis una relación.

- Señora se equivoca.

En ese instante un coche se acerca a la casa.

- Mira muchacha ahí llega tu futuro esposo, que contenta estoy, espero que me deis un nieto lo antes posible a mí ya me queda poco y no tengo más hijos.

- Señora tiene que ayudarme.

- ¿De qué me estás hablando pequeña?

- Que yo…

En ese momento el hombre entra en la casa y seguido en la salita.

- Veo que ya os habéis conocido, a que es preciosa mamá.

- Sí, seguro que tendréis unos hijos muy guapos.

Paula está atónita, no da crédito a lo que ve y escucha. El hombre se sienta a su lado y le pone la mano encima de la pierna, Paula intenta sacársela pero es incapaz, está ejerciendo demasiada fuerza.

- Madre esta noche haremos una gran cena, vamos a celebrar que vamos a tener un hijo.

- ¿De verdad? – La mujer se emociona y se levanta lentamente, le da un beso a su hijo y otro a Paula.

- Perdonad ¿puedo ir al servicio? no me encuentro demasiado bien.

- Yo te acompaño cariño.- le dice el hombre. -Madre le he dejado la compra en la cocina, será una cena especial.

Paula y el hombre se levantan, la acompaña al servicio, no hay pestillo en la puerta y él se queda en la puerta vigilando. Paula comienza a llorar desesperada e intenta abrir una pequeña ventana que hay en un alto del servicio pero el hombre entra de inmediato.

- Paula, ¿Qué haces? ¿No querrás irte ahora que vamos a ser una familia?

- Mire no sé de que está hablando, yo no le conozco de nada y mucho menos estoy embarazada usted.

- Eso por ahora. No voy a decepcionar a mi madre, es su sueño y le queda poco tiempo.

- Por favor, se lo suplico, déjeme marchar y no contaré nada de esto.

- De qué hablas Paula. Estamos hechos el uno para el otro seremos una gran familia.

Paula se cae al suelo y se agarra a sus rodillas lo más fuerte que puede, mete la cabeza entre sus piernas y comienza a balancearse. De repente una mano toca su hombro.

- Muchacha despierta, te has quedado dormida. Creo que te has saltado tu parada de autobús.

Paula levanta la cabeza, está completamente acurrucada en el asiento del autobús, tiene la cara empapada de lágrimas y el hombre  de traje está a su lado.

- ¿Estás bien?- Le pregunta el hombre.

- ¿Dónde estamos?- pregunta Paula desconcertada.

- En Goya pero creo que normalmente te bajas antes. Siempre cogemos el mismo autobús.

- No me había fijado.

- Una señora intentó despertarte pero fue incapaz.

- Muchas gracias de verdad.

Paula se incorporó y se bajó en la siguiente parada apresurada. El hombre la miró.

- Hasta mañana Paula.

Paula jamás volvió a coger el autobús. Sabía que todo había sido un sueño pero estaba demasiado asustada y había más maneras de llegar a su trabajo.